"Me senté y comí: la Rendición con Herbert y Weil" 190526
La mística y filósofa francesa Simone Weil se sentía especialmente unida a un poema del poeta metafísico inglés George Herbert titulado “Love”.
Es curioso como
una mujer del siglo XX, obrera voluntaria, activista política y asceta feroz,
se siente tan cerca de la escritura de Herbert, sacerdote anglicano del siglo XVII.
Su poema atravesó tres siglos y aterrizó en el centro de una conciencia ciertamente
sensible y ávida de Amor.
La escena que se
relata en dicho poema está protagonizada por un hablante que se siente indigno,
culpable e incapaz de aceptar el amor divino. Pero “Love” (que en el poema
representa a Dios o a Cristo) insiste con una ternura que no admite discusión
ni castigos, por lo que desarma a su interlocutor con una sencilla invitación: “Solo
debes sentarte y probar de mi carne”.
Para Simone Weil,
aquello no fue solo literatura. En su libro “A la espera de Dios”, ella cuenta
que sufría intensos dolores de cabeza. Durante uno de esos episodios comenzó a
recitar de memoria el poema de Herbert, concentrándose completamente en él.
Decía que al principio lo hacía solo porque le parecía hermoso, pero poco a
poco la recitación se convirtió en oración sin que ella lo hubiera planeado.
Entonces escribió esta frase famosa: “Cristo mismo descendió y tomó posesión
de mi”
Ese momento fue decisivo en su vida espiritual y descubrió que la atención
absoluta era una forma de plegaria, que mirar algo con una pureza radical de
atención era un acto superior a cualquier creencia o dogma. Para ella ese poema
resultó ser un puente de acceso a una dimensión superior.
A pesar de su
devoción por el cristianismo, Weil no se convirtió al catolicismo. Su rebeldía
le impidió adscribirse a institución alguna, sin embargo, atesoró esta experiencia
que marcó su pensamiento sobre la gracia, el sufrimiento y la belleza.
Pero esta llave,
que había esperado siglos para ser utilizada por un bolsillo ajeno, hoy en
pleno Siglo XXI, sigue generando experiencias de inspiración y misticismo
impresionantes.
Ese es mi caso,
pues leyendo a Simone Weil, descubrí el poema y me sentí interpelada, llamada a
una reflexión interior que se reveló en la necesidad de continuarlo, de
visibilizar la vivencia que esa “invitación” puede llegar a desatar en el alma
de quién decide rendirse a la evidencia del Amor.
Tengo un amigo que,
al contarle mis intenciones, me llamó inconsciente, temeraria e incluso irreverente,
pero, al contrario, Javier, estas palabras se escriben desde un respeto
profundo y sagrado, como homenaje a un poeta del siglo XVII que ha sido capaz
de viajar en el tiempo para seguir conmoviendo los corazones de sus lectores y
como tributo a una mujer valiente que nos dejó un legado pleno de coherencia,
coraje y lucidez.
He aquí el poema
“Love” de George Herbert:
El Amor me dio la bienvenida,
pero mi alma retrocedió
culpable de polvo y pecado.
Pero atento, el Amor, al observar mi entrada
vacilante
se acercó hasta mí
y dulcemente me preguntó
que necesitaba.
Un huésped, respondí, digno de estar aquí.
El Amor dijo: “Tú lo serás”
¿Yo, el cruel, el desagradecido? Ohhh, Señor,
no puedo siquiera mirarte a los ojos.
El Amor tomó mi mano y sonriendo contestó:
¿Quién hizo tus ojos sino fui yo?
Es verdad, Señor, pero los he dañado,
deja que mi vergüenza vaya donde merece.
¿Acaso no sabes, dijo el Amor, quién cargó con la
culpa?
Entonces, querido mío, te serviré.
Sólo debes sentarte, dijo el Amor y probar mi carne.
Entonces, me senté y comí.
He aquí la continuación que como homenaje y tributo
comparto para quién tenga a bien aceptarlo.
Entonces, me senté y comí.
y al degustar la tierna delicia
de su gozo y sustento,
sentí al Universo crepitar en mí.
Un fuego sagrado arrasó el polvo inmemorial
y en sus cenizas, brotó una fuente
de Luz pura y cristalina
en cuyo reflejo vi Su rostro y pregunté:
¿Eres tú Amor, mi Amado, el generoso
anfitrión de todos mis siglos?
Aquí me tienes, contesté yo misma,
nunca estuvimos separados.
Y en esa Respuesta comprendí que
siempre fuimos UNO,
huésped y anfitrión,
alma y corazón,
un afecto inextinguible
que sólo puede ser conocido
en perfecta, humilde y pura rendición.
Gracias Siempre
Sophí Kara
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