PACÍFICA-MENTE Una Palabra Tuya 23 02 26

 

UNA PALABRA TUYA                                              23 de febrero de 2026

 

          

Hemos visto que es posible una unificación o reconciliación con el Ser que nos habita y que está a nuestro alcance a través del deseo, la voluntad, la entrega y la renuncia, cuatro llaves, una puerta. Y es en esta última, en la renuncia, es donde vamos a poner el foco para poder entender su significado y sus implicaciones.

 

Etimológicamente el término “Renuncia” significa devolver la palabra, y es una pista certera que nos ayuda a comprender que la Palabra ha de ser entregada a Quién Sabe usarla adecuadamente, a quién nos va a mostrar el significado que empodera y no victimiza.

 

Unir nuestra voluntad a la Suya es el acto más sublime y bello y se llama renuncia, y se expresa haciéndonos a un lado para facilitar que lo que ha de ser, sea, y así sea para bien de todos.

 

Para comprender este concepto Blay nos proponer distinguir el campo del centro. En todos los aspectos de nuestro ser podemos sentirnos realizados dentro de un campo, de un espacio en el que, por instantes, nos vivimos plenos, felices o simplemente en paz.

 

Entendido esto, podemos ir más allá del campo para situarnos en el centro, una escala que va más allá del campo, un vacío que es la fuente de la que surge nuestro estado, un centro que es pura inmensidad y que es mucho más que ese yo que desea y luego vive la experiencia. Y así lo explica Blay: “no soy yo que me realizo, es el Ser que se realiza en la forma”, de modo que ese yo, esa identidad donde reside el sentimiento se expande al punto en el que la identidad individual se retira y cede la experiencia.

 

La paradoja reside en que el mismo yo que desea la expansión y la unificación, es el que obstaculiza que eso ocurra al imponer dicho deseo desde el ego, eludiendo la última llave para la realización, que es la renuncia de sí mismo: “es muriendo como se resucita a la vida eterna”, así acaba la oración de San Francisco, que ilustra a la perfección esta idea.

 

Esto se entiende fácilmente en esta reflexión sobre la meditación que os resumo: “Al iniciar un retiro de meditación suele aparecer la expectativa de que algo tiene que ocurrir…… Esa intención legítima es el primer obstáculo, porque no se trata de responder al deseo de lograr, sino a la disposición de ver: observar, sentir, permitir, no intervenir, no corregir, no interpretar. Todo fluctúa y esta constatación es la que erosiona la creencia en un “yo” que controla la experiencia. Vemos que nada permanece y, sin embargo, algo está siempre presente: la conciencia que observa.

Llega un punto es que el esfuerzo se revela innecesario. Nada que perseguir, sólo un flujo de experiencia que es plenamente visto. Un ver sin apropiación que reconoce lo que siempre estuvo aquí. El retiro no busca una experiencia “especial”, sino la comprensión sencilla y profunda de que no hay nadie meditando, sino simplemente la vida observándose a si misma, sin elección, ni rechazo de modo que el sufrimiento pierde su fundamento”.

 

Antonio Blay nos lo dice de forma más simple: “Para instalarte como testigo, (y desaparecer) has de aflojar la mente”. La mente, cuando está imbuida en la percepción del miedo, en la estructura personal del ego, es lo impide que puedas acceder a ese Centro que es múltiple, a esa expansión horizontal que te conecta y comunica con la trascendencia.

 

Lo que Blay llama vivir desde el Centro, es lo que UCDM considera como vivir desde el Amor, habiendo asimilado la percepción inocente que nuestro Espíritu nos concede a través de la petición o entrega (expiación). Y sólo desde ahí es cómo se puede sanar lo inconsciente, esos grilletes invisibles que nos impiden vivirnos en paz y armonía con los demás. Y cuanto más entregas y renuncias, más sencillo es el proceso, más rápido y eficaz.

 

Cuando seguimos la llamada, sentimos que lo superior nos demanda más interés, más atención, más afectividad y, somos capaces de corresponder, de establecer esa comunicación sagrada, iremos normalizando la dinámica e incorporándola a nuestro proceder habitual como algo tan natural como beber cuando se tiene sed y comer cuando se tiene hambre. Le estamos perdiendo el miedo al Ser y recobrando una Identidad que es puro Amor.

 

A esto Blay lo llama Afectividad superior y nos regala una definición de felicidad que merece ser grabada: “La felicidad es la medida en la que me abro y permito que lo que ya soy se manifieste”. Es dejar de intervenir para ceder el paso a Quién Soy. Me nutro de lo que doy para sanar porque “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

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