DESPEDIDA 9ª TEMP. PACÍFICA-MENTE Un Afecto Inextinguible 14 06 26
UN AFECTO INEXTINGUIBLE
14 de
junio de 2026
(Encuentro inspirado en “Love” de G. Herbert)
La mística y filósofa francesa Simone Weil se sentía especialmente unida a un
poema del poeta metafísico inglés George Herbert
titulado “Love”. Es curioso como una mujer del siglo XX, obrera voluntaria,
activista política y asceta feroz, se siente tan cerca de la escritura de
Herbert, sacerdote anglicano del siglo XVII. Su poema atravesó tres siglos y
aterrizó en el centro de una conciencia ciertamente sensible y ávida de Amor.
La escena que se
relata en dicho poema está protagonizada por un hablante que se siente indigno,
culpable e incapaz de aceptar el amor divino. Pero “Love” (que en el poema
representa a Dios o a Cristo) insiste con una ternura que no admite discusión
ni castigos, por lo que desarma a su interlocutor con una sencilla invitación: “Solo
debes sentarte y probar de mi carne”.
Para Simone Weil, aquello no fue solo
literatura. En su libro “A la espera de Dios”, ella cuenta que sufría intensos dolores
de cabeza. Durante uno de esos episodios comenzó a recitar de memoria el poema
de Herbert, concentrándose completamente en él. Decía que al principio lo hacía
solo porque le parecía hermoso, pero poco a poco la recitación se convirtió en
oración sin que ella lo hubiera planeado. Entonces escribió esta frase famosa: “Cristo
mismo descendió y tomó posesión de mi”
Ese momento fue
decisivo en su vida espiritual y descubrió que la atención absoluta era una
forma de plegaria, que mirar algo con una pureza radical de atención era un
acto superior a cualquier creencia o dogma. Para ella ese poema resultó ser un
puente de acceso a una dimensión superior.
A pesar de su
devoción por el cristianismo, Weil no se convirtió al catolicismo. Su rebeldía
le impidió adscribirse a institución alguna, sin embargo, atesoró esta experiencia
que marcó su pensamiento sobre la gracia, el sufrimiento y la belleza.
Pero esta llave,
que había esperado siglos para ser utilizada por un bolsillo ajeno, hoy en
pleno Siglo XXI, sigue generando experiencias de inspiración y misticismo
impresionantes.
Ese es mi caso,
pues leyendo a Simone Weil, descubrí el poema y me sentí interpelada, llamada a
una reflexión interior que se reveló en la necesidad de continuarlo, de
visibilizar la vivencia que esa “invitación” puede llegar a desatar en el alma
de quién decide rendirse a la evidencia del Amor.
Tengo un amigo
que, al contarle mis intenciones, me llamó inconsciente, temeraria e incluso
irreverente, pero, al contrario, Javier, estas palabras se escriben desde un
respeto profundo y sagrado, como homenaje a un poeta del siglo XVII que ha sido
capaz de viajar en el tiempo para seguir conmoviendo los corazones de sus
lectores y como tributo a una mujer valiente que nos dejó un legado pleno de
coherencia, coraje y lucidez.
He aquí el poema
“Love” de George Herbert:
El Amor me dio la bienvenida, pero mi
alma retrocedió
culpable de polvo y pecado.
Pero atento, el Amor, al observar mi
entrada vacilante,
se acercó hasta mí
y dulcemente me preguntó
que necesitaba.
Un huésped, respondí, digno de estar
aquí.
El Amor dijo: “Tú lo serás”
¿Yo, el cruel, el desagradecido? Ohhh,
Señor,
no puedo siquiera mirarte a los ojos.
El Amor tomó mi mano y sonriendo
contestó:
¿Quién hizo tus ojos sino fui yo?
Es verdad, Señor, pero los he dañado,
deja que mi vergüenza vaya donde merece.
¿Acaso no sabes, dijo el Amor, quién
cargó con la culpa?
Entonces, querido mío, te serviré.
Sólo debes sentarte, dijo el Amor y
probar mi carne.
Entonces, me senté y comí.
Meditación
Comenzamos sentados cómodamente. No estamos intentando “lograr” nada, esta
práctica no busca ascender. Sólo buscamos dejar de huir.
Respira Amor, Soy Presencia (3 veces)
Siento Felicidad, Soy Discernimiento (3 veces)
Sonrío Paz, Soy Unidad (3 veces)
Recordamos los primeros versos del poema: “El Amor me dio la bienvenida; pero mi alma retrocedió.”
Permite
que aparezca esa sensación: no la idea abstracta del Amor.
Sino el instante exacto en que el Amor se acerca… y algo en ti se contrae. Quizá
vergüenza. Quizá sensación de no merecer.
Quizá miedo a desaparecer. Quizá miedo a ser visto completamente.
No luches contra eso. Obsérvalo en el umbral de una puerta medio abierta.
Ahora visualiza una Luz al otro lado, es el Amor que no invade.
No empuja. No exige perfección espiritual.
Simplemente
permanece presente, en eterno ofrecimiento.
Pregunta interiormente: ¿Qué parte de mí cree que debe justificarse
antes de traspasar la puerta y descansar en el Amor? Deja que la pregunta
repose en ti, sin pensar…. Respira.
Siente
como el Amor toma tu mano. Siente esa imagen. Sonríe.
No hay juicio, ni dogma, ni vigilancia, sólo disfruta de esa cercanía
imposible de violentar.
Tal vez desde el miedo te dices: “debo sostenerme”. Pero el Amor nos susurra dulcemente: “puedes soltar.” Permite entonces que las falsas identidades se vayan aflojando: el personaje, la historia personal, la necesidad de tener razón, incluso la imagen espiritual de ti mismo….
No hace falta destruir el yo. Sólo dejar de tensarlo, como una mano que deja de cerrar el puño.
Ahora contempla una posibilidad silenciosa: ¿Y si el Amor no quisiera ni
juzgarte ni absorberte? ¿Y si simplemente quisiera sentarse contigo?
Siente la invitación, generosa y amable: “Sólo debes sentarte y probar mi alimento.”
El encuentro, la reconciliación, la culminación no es éxtasis cósmico.
Es sólo una mesa. Soltar. Perdonar. Permitir. Recibir. Comer.
Abrazar la
hospitalidad del Amor. Rendirnos para redimirnos.
Permanece unos minutos en silencio.
Siente Su Presencia, el alimento que emana de forma constante, un fuego divino que tiene el poder de transformar lo que se deja tocar.
Siente Su Discernimiento, el agua amansada que refresca tus pensamientos, tu forma de ser, pensar, sentir y ver.
Siente Su
Unidad, el profundo afecto por el que la tierra se colma en la promesa de
un Edén perenne: el Cielo en la Tierra…….
He aquí la continuación del poema:
Entonces, me senté y comí.
y al degustar la tierna delicia
de su gozo y sustento,
sentí al Universo crepitar en mí.
Un fuego sagrado arrasó el polvo
inmemorial
y en sus cenizas, brotó una fuente
de Luz pura y cristalina
en cuyo reflejo vi Su rostro y pregunté:
¿Eres tú Amor, mi Amado, el generoso
anfitrión de todos mis siglos?
Aquí me tienes, contesté yo misma,
nunca estuvimos separados.
Y en esa Respuesta comprendí que
siempre fuimos UNO,
huésped y anfitrión,
alma y corazón,
un afecto inextinguible
que sólo puede ser conocido
en perfecta, humilde y pura rendición.
Sophí
Kara
UN AFECTO INEXTINGUIBLE (2ª parte) 14 de junio de 2026
(Encuentro inspirado en “Love” de G. Herbert)
En
el poema “Love” de Herbert asistimos a un diálogo entre el Anfitrión - la
Gracia- y el Huésped -la culpa-. El alma, bienvenida incondicionalmente, se
siente indigna de ser Huésped del Amor. Sin embargo, la Gracia, que es el
Amor y cuyo propósito no es otro que la Redención, no desiste en su
invitación.
En
esta danza se observa un “tira y afloja” en cuyo compás podemos observar
conceptos como: el encuentro, la comunicación, la redención, el amor
incondicional, la resistencia, el castigo, la expiación y la rendición, entre
otros. Vayamos por partes.
La invitación. Existe
en todo ser humano, más o menos consciente, un vacío, una necesidad, un llamado
“El Amor me dio la bienvenida”, que nos habla de trascendencia y
espiritualidad. En todos habita una voz más o menos escuchada que nos invita a
conocernos y observar una naturaleza, una identidad destinada a ser revelada
(Amor, Felicidad y Paz).
Frente a esta “Verdad interior” sentimos
temor, apego al mundo, carencia…, una serie de condiciones que nos mantienen
vacilantes: “al observar mi entrada vacilante” y nos mantienen parados en
un Umbral sagrado que nos llevaría a la conexión.
El juicio, el
castigo y la resistencia. Nuestra alma se siente pecadora “los
he dañado”, su visión ha sido mancillada, una ceguera temporal que procede
del apego al juicio y, por tanto, la aversión al perdón. Cree que la justicia
es castigo y así lo pide: “que mi vergüenza vaya donde merece” e incluso
se ofrece a servir al Anfitrión para purgar sus pecados, pero el Anfitrión no
quiere un servidor, quiere un invitado, un Huésped.
El
alma está librando una batalla interna contra su propio orgullo, un orgullo
disfrazado de humildad. El querer pagar por sus errores “Entonces, querido
mío, te serviré” es la última resistencia del alma que no quiere aceptar algo
fundamental: que por sí misma no puede salvarse, necesita
ineludiblemente una intervención que sólo llegará cuando esté decidida a
aceptarla.
La
Expiación. El Amor no sabe de pecados, sólo de
errores. Admite que es el creador de sus ojos “¿Quién hizo tus ojos sino fui
yo?”, y usa el lenguaje del alma “quién cargó con la culpa” para
explicarle que no debe preocuparse por ello. Esto no es una transferencia de
culpa, sino una disolución, un acto de expiación por el que todo rastro de
error desaparece, pero que sólo puede ser culminado en un acto de entrega y
rendición por parte del alma.
Rendición
y Redención. Para el Amor no hay pecados sino errores,
y a través de su Gracia anula toda oscuridad, repara lo que parecía estar roto.
Pero
para que haya redención es necesaria la rendición, que pasa por “sentarse y
comer”. El alma debe rendirse para dejar de intentar tener razón sobre su
propia indignidad y aceptar la invitación con la humildad que lejos de
someternos, nos libera. “No hay mayor libertad que la de someterse al Amor”.
Esta
es la paradoja de la libertad, pues la rendición es la única vía para ser
libre, así es como el alma renuncia a sus razones sustentadas por el miedo y se
libera del peso de la culpa que la mantenía lejos del Amor.
“Comer”
es incorporar la Gracia en nuestro interior para vaciarnos
de error y oscuridad. El error desaparece porque nos llenamos de la sustancia
del Amor: unidad, respeto, autoestima, amor, entrega, verdad y presencia. Es
una Comunión que es pura alquimia, ahí lo inferior es absorbido por lo
superior. El huésped deja de ser observador del Amor, integra la esencia del
Anfitrión: comparten mesa y alimento.
Desde
niños nos hemos “tragado” miles de ideas y creencias que nos alejaron del Amor,
ahora debemos comenzar a decidir un consumo más consciente, qué pensamientos
voy a alimentar, a qué voz voy a escuchar, de qué ideas me nutro, porque
aquello que se introduce en mi es lo que luego manifestaré en mi vida.
Es una transformación que repercute en
las tres dimensiones del Ser:
- Identidad:
soy Amor, respiro Amor, lo habito, lo absorbo, lo vivo y mi energía humana se
hace Presencia consciente y liberada.
- Poder:
el poder se activa al permitir, no al hacer. Soy felicidad, confío, mis
pensamientos son puros, mi inteligencia es puro Discernimiento. No
necesito hacer méritos para ser amado, desarrollo la capacidad de ser acogida y
amada. (Esto puede ser más difícil que dejar de cometer errores). Decido Amar.
- Relación: la
alquimia de la Unidad ha elevado mi capacidad de afecto, reconozco y veo
a todos a través de los ojos del Amor. Soy Huésped y Anfitrión.
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